a aparición de este drama en los escenarios de los finales de los años sesenta del siglo pasado produjo como una gran turbulencia. Evidentemente era un texto escrito en estado de gracia de su autor, con el cual ofrecía a las gentes del teatro la gran posibilidad de que se produjera una gran fiesta en aquellos escenarios; y las gentes del Teatro dieron entonces la bienvenida más afectuosa y admirativa a un autor que venía de la vanguardia poética y artística y del pensamiento político revolucionario. ¡Horas de oro vivió el Teatro en torno a esta luminosa aparición!

Hoy van a matar de nuevo a Marat ante unos públicos, en el esplendor de unas luces de teatro. Otra vez vamos a asistir a tan significativo y sangriento sacrificio, en el que Marat va a reconstruir su terrible mensaje, y a recibir su réplica de sesualidad infinita por un lado (Sade) y de asesinato inmisericorde por otro (Carlota Corday).

Pero digamos ya que aquel gran acontecimiento teatral no va a ser hoy objeto de un recuerdo ni de una conmemoración e una antigua e ilustre batalla teatral y política, sino una presencia viva de la actualidad más acuciante. El drama e Peter Weiss parte del momento histórico de la Esperanza y del Terror en la Revolución Francesa, y también fue un acontecimiento "actual" en 1968; así mismo lo es hoy -una obra de actualidad- cuando tanta violencia estalla en el mundo, tanto dolor habita en él, y las sociedades humanas están sieno fábricas de locura.

Otra vez van a matar al doliente Marat en su bañera; pero hemos de saber también que su espíritu no ha de morir nunca bajo el cuchillo de Carlota Corday, y que ha de ser, paradójicamente, la revolución por él preconizada en su discurso radical (el cambio que hoy decimos socialista) hacia otro mundo que, efectivamente, nosotros creemos posible, el único y verdadero puñal que acabará con su mensaje ayuno de toda piedad incluso para sí mismo y cerrará definitivamente, al fin, en un futuro utópico, las puertas de la guillotina, terminando así para siempre el Reinado del Terror en todas sus formas. Porque la Justicia es de algún modo, como José Bergamín nos recordaba, el Infierno.

Mientras tanto este drama sigue siendo hoy mismo y una vez más una descarga de lucidez en un marco de locura.

Alfonso Sastre
Febrero 2007